Fantasmas en la brisa
- Renata Lara
- 22 may
- 3 min de lectura
Hace meses, emprendí un viaje lejos de tu reino, prometiéndome no mirar hacia atrás, para no revivir nuestro último beso. El calendario cada día me aleja más de vos, pero hoy, el viento me ha vuelto a susurrar tus memorias.
Ha pasado tiempo desde que zarpe en busca de tierras diferentes, con personajes inéditos y horizontes desconocidos. Esta nueva nación parece ser más amplia que la tuya, y también más estable; no hay usurpaciones o guerrillas. Me encuentro expuesta ante una nueva lengua, la cual creo que ya he aprendido a hablar.
Cuando me recibieron en este territorio, lo primero que noté fue la ausencia de la monarquía y el trueque. Durante los primeros días permanecí cerca de las puertas de la ciudad —siempre están abiertas, por si deseamos emprender el camino hacia otros mundos—, porque temía que en algún momento quisiera huir y no encontrara la salida, como me sucedió en tus dominios; por fortuna, las vías aquí son rectas y simétricas, no como los laberintos eternos con los que me topé en tu reino, de los cuales no pude escabullirme.
Me sorprendí en un acto de cobardía, revisando nuestras primeras grafías, recordando cuando comenzamos a construir nuestra relación feudal. Admito que yo ansiaba pertenecer a vos, pese a ser de la misma casta.
Las imágenes de nuestras aventuras me inundaron, así que corrí hacia la calle principal (de mi nuevo hogar). A lo lejos, muy remoto, logré observar las reliquias de tu comarca; me quedé un rato mirando cada una de nuestras osadías, cada edificación que construimos, cada jardín que restauramos, cada receta que inventamos y cómo aquel tiempo fue un deleite para mi corazón.
Vi las sombras de mi ilusión y amor incondicional, y cómo, cada vez que corríamos por la pradera y tú temías tropezar con algún surco, yo te sostenía la mano para protegerte. Rememoré la primera vez que permanecimos sentados frente a una fogata, abrazados, tan fuerte que nos fusionamos, o cuando pescamos lágrimas sinceras de nuestro pasado en el lago de la esperanza.
Reconstruimos muchas áreas, pero permaneciste albergando las pequeñas y heridas ruinas de una choza llena de incertidumbre, y ahí fue donde vislumbré mi presagio; porque un día, sin más aviso, comenzaste a sacar mis pertenencias de tu castillo. Me abriste la puerta y rogaste que buscara una nueva aventura.
Cuando intenté mostrarte todo lo que habíamos logrado, miré a mi alrededor y me percaté de que ya nada existía, pues olvidamos dar mantenimiento a cada una de las cosas que reparamos. Así que decidí partir, pero siempre miraba hacia atrás, esperando que vinieras implorando mi regreso. Eso nunca sucedió. Solo de vez en cuando me enviabas provisiones para que mi camino no fuera tan solitario y hambriento.
Una noche, en uno de tus envíos, me dedicaste unas últimas palabras, donde expresabas que un nuevo inquilino pedía asilo en lo que había sido nuestro reino. Comprendí entonces lo que se avecinaba; cavilé que mi única solución era olvidar(nos).
De repente gritaron mi nombre, así que tallé mis ojos para verificar que observaba tu imperio a la distancia, pero al abrirlos de nuevo, me percaté de que era una ensoñación de añoranza.
Aun en mi nuevo hogar, echo de menos los días de gloria en tu imperio y la época en que nos fusionamos con el agua. Las sombras de nuestro pasado me susurran en algunos ocasos; otras veces deseo visitar tus tierras para saber de vos. Me pregunto si tú, de vez en cuando, en tus noches serenas, cuando corres por la pradera, reconstruyes puentes o experimentas un destello de alegría, aún percibes nuestros recuerdos asomarse como fantasmas en la brisa.
Porque yo, aunque disfrute de este nuevo reino, aún me persiguen ecos antiguos que el viento desvanece.
–Renata Lara



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